domingo, 2 de diciembre de 2007

Memoria emotiva para extras

Del encender un cigarrillo que no será fumado es parte del limitado accionar del extra, extra por ser artista que no ha producido jamás obra alguna, sólo protagoniza de vez en cuando las contadas variables de espacios a llenar en las creaciones de quienes dicen ser artistas; no obstante, extra, sujeto abstraído de todo el proceso creador, se encarga de generar un submundo de propia pertenencia y subjetivo en su plenitud.
En un PPP (primerísimo primer plano) se observa a la actriz principal, donde a esta altura de los años 30 la gran mayoría del denominado público ha llegado tan sólo para verla. Sujeta un pez de diversos tonos anaranjados que conjuntamente con la música seleccionada para la escena, causa la sensación de que baila en la encorvada palma de la mano.
La silueta que se mueve lentamente en la penumbra del fondo blanco, es la del querido extra. Sujeto cabizbajo en apariencias desalentado por el director y por los demás buscadores de fama que suelen encontrarse en los pasillos yendo e intentando ir.
La escena a representar implica que el sujeto del cual ya he hablado, camine unos seis metros en línea recta hacia un objetivo fijo e imaginario que se encuentra en la lejanía y que bien podría ser una de esas casonas antiguas donde funcionan las mesas y pocillos de café como bares malditos; en mitad del trayecto, parar, encender desapercibidamente el cigarrillo y continuar la caminata.
La escena se ejecuta unas seis veces entre cuestiones técnicas y con algunos inconvenientes de la actriz principal. El extra está siempre bien, no tiene que hacer más que eso y al director le contenta saber que cumple eficazmente ese acto distraído que no modifica la escena más que en la simetría del espacio. El otro espacio, el de la mente y el cuerpo del extra pasan a un estadio esencialmente lejano. Los recuerdos que llevan a dar los primeros pasos tienen una directa relación con un encuentro que tuvo tan sólo hace unas semanas en un café de la calle Rioja, donde una dama de mediana intrepidez subió al micrófono para recitar una poesía compuesta por cinco palabras asimétricas y arrítmicas. El extra adopta en su postura una complexión mística, similar a la de los espacios metafísicos que adquieren los espejos en baños a oscuras. La dama al soltar el micrófono se extiende en levitoso silencio hacia la mesa del extra, y hace callar a éste antes de emitir letra alguna. La mano que roza cada una de las telas del vestuario fruncido para tomar el cigarrillo, carga con el mismo aire de las alas derechas de cualquier ave del sur oriental, a pesar de ser una izquierda mano. La dama del poema pantallea la habitación una única vez hasta tirarse en el colchón hundido que hay junto a una esquina de tonos violáceos. Cuando el extra enciende el cigarrillo la escena cobra una magnitud que sólo podría decodificarla quien hubiese estado en casa del extra la madrugada misma en que los besos de la poeta robaron las últimas palabras del extra, quien hubiese estado en el momento en que el extra comprendió que jamás tendría un parlamento podría comprender la magnitud de la escena. Vuelve a mirar hacia delante, camina los últimos metros con el cigarro que en larga pitada parece desaparecer en los últimos momentos de un pez atonalmente naranja. Los postrimeros pasos en ritmo acelerado, el cigarrillo consumiéndose, el extra dentro de la poeta, las manos que suben y bajan, la boca que pita, las nalgas arriba y el corte. La escena termina y la poeta se ha marchado.

1 comentario:

Ñoña dijo...

Papel fundamental sobre el final...


Cuantas personas hacemos extras en nuestra propia vida y terminan dando un matiz esencial a cierta escena cotidiana?


Gracias por el lugar concebido.



Fervientes abrazos!